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El Coordinador Académico de la Corporación Semiósfera,  Jairo Adolfo Castrillón,  Ganó el primer puesto en el concurso de Historias de Barrios convocado por el Centro de Historia de Bello,  y la Biblioteca Pública Marco Fidel Suárez de la Alcaldía de Bello.

 

La historia llamada "San José del Pinar,  Historia entre el Miedo y la Esperanza",  narra,  a través de las palabras de Miguel Rodríguez,  líder comunitario del barrio,  los avatares para la construcción de este caserío en el que se concentra la mayor población desplazada en la ciudad.

 

Es esta la versión completa del texto.

 

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SAN JOSÉ DEL PINAR

Historia entre el miedo y la esperanza [1]

 

Por: Jairo Adolfo Castrillón Roldán

 

 

Después de que los magos se hubieron marchado,  un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:  "Levántate,  toma al niño y a su madre,  huye a Egipto,  y estate allí hasta que yo te avise;  porque Herodes va a buscar al niño para matarlo".

 

Mateo 2, 13-14

 

 

 

I.  LA VEREDA GRANIZAL

 

En la parte más alta de las laderas orientales del Municipio de  Bello está la vereda Granizal.   Un sitio de paisajes de neblina,  que en unos cuantos días cambió su soledad y antiguo silencio por la febril actividad de miles de desplazados y destechados que de la noche a la mañana fueron invadiendo sus colinas como langostas que llegan a un cultivo.

 

La vereda Granizal,   según el Plan de Ordenamiento Territorial de Bello,  está ubicada en “terrenos que por sus condiciones topográficas,  edáficas,  de cobertura vegetal y de riesgos,  entre otros,  están destinados a usos de protección”,  ecosistemas estratégicos destinados entonces a ser principalmente áreas forestales protectoras,  áreas de recreación pasiva y disfrute visual,  áreas de restauración y áreas de aprovechamiento sostenible,  ya que sus terrenos forman parte de la reserva ecológica regional llamada Parque Arví,  en el que se involucra al ya tradicional parque ecológico de Piedras Blancas.   En ella está la antena repetidora de Teleantioquia y tiene algunas fincas de recreo y de actividad agropecuaria tradicional.

 

No obstante la vereda Granizal, en la ciudad de Bello,  se ha convertido en la última década en uno de los cientos de asentamientos de población desplazada de Colombia.   Es uno de los sitios a los que ha venido llegando esa masa humana que huye por su vida desde los distintos rincones del país,  convirtiéndose así, con cerca de 7.000 personas,  en el principal asentamiento de comunidad desplazada del municipio y uno de los más grandes de Colombia.

 

A Granizal se llega por la antigua carretera a Guarne,  a una distancia de algo más de un kilómetro del Barrio Santo Domingo Sabio de Medellín.   Desde la entrada a Bello la carretera es una trocha ancha sin pavimentar,  envuelta en una nube de polvo en verano y un espeso lodazal durante el invierno.

 

A la vereda entra una sola calle larga en dirección oriente,  bifurcándose en algunas carreteras secundarias:  una que entra al asentamiento hasta el sector de Adolfo Paz,  y las otras que llevan al sector rural de Altos de Oriente,  ya afuera del caserío.

 

Las casas están concentradas al lado derecho de la carretera principal.   A la izquierda está la ladera que da cara a la ciudad de Bello y, en un corto tramo,  algunos de los ranchos del sector de Regalo de Dios.

 

La invasión de la vereda se ha divido en siete sectores,  según la ubicación,  sus características y su historia de poblamiento.  Son estos:  El Pinar,  Adolfo Paz,  Ciudad Perdida,  Regalo de Dios (conocido también como El Albergue),  El Siete,  Altos de Oriente Uno y Altos de Oriente Dos.

 

El primero de ellos y más conocido es El Pinar,  que es el caserío principal dada su gran cantidad de pobladores,  porque está justo a la entrada de la vereda y porque,  de todos los asentamientos,  es el más antiguo. 

 

Al llegar,  lo que alcanza a verse es un barriecito lleno de tugurios encaramados en la loma,  con una capilla rústica,  un comedor comunitario y una escuelita llamada El Niquía.  

 

Más al norte se puede observar el sector de Adolfo Paz,  en la zona alta y oriental del caserío,  separado de El Pinar por una carretera y con casas igualmente pobres.

 

Debajo de Adolfo Paz,  en un pequeño rincón aislado está el sector de Ciudad Perdida,  haciendo honor a su nombre.   “Lo llamamos Ciudad Perdida porque hasta aquí no llega nadie,  ni el Gobierno”,  dice Doña Debis,  una joven habitante del sector, mientras carga a su bebé.

 

Más adelante,  saliendo del caserío en el costado izquierdo de la carretera, está el sector Regalo de Dios,  conocido también como El Albergue,  en el que se alcanza a observar una mayor cantidad de casas en ladrillo y con mejor acabado.

 

Ya en la salida oriental del caserío está el sector de El Siete,  en donde inicia la zona de la vereda que aun se conserva semirural.

 

Arriba,  en el sector más rural de Granizal,  entrando por unas carreteras aun más ásperas y difíciles,  están los sectores de “Altos de Oriente” uno y dos,  (siendo este último el caserío más alejado de todos),  conformados por casitas aisladas,  como fincas,  sin hacinamiento,  con espacio incluso para cultivos de pan comer.

 

Cada sector de la vereda Granizal tiene acceso a la energía eléctrica,  conectada legalmente por las Empresas Públicas de Medellín.   El agua es tomada de la tubería que baja de la represa de Piedras de Piedras Blancas y almacenada en unos tanques grandes ubicados en la zona alta del caserío,  y es llevada a las casas a través de mangueras puestas hace años por la Junta de Acción Comunal.   Igualmente tiene el caserío una red completa de alcantarillado provista con trabajo comunitario mientras,  en las zonas más rurales,  el problema sanitario ha sido resuelto a través de pozos sépticos.

 

Los asentamientos humanos de la vereda Granizal,  son la típica “Villa Miseria” de América Latina,  caracterizados por el altísimo grado de hacinamiento,  concentración demográfica y desorden urbanístico.   En general,  las casas son tugurios de madera,  cartón,  plástico y tejas de zinc que cuelgan apiñados en la ladera.   Es una invasión desordenada con caminos curvos y estrechos entre grupos incoherentes de ranchos.

 

Desde el parque de Bello,  mirando al oriente pueden verse algunos de los ranchos de la vereda Granizal,  allá arriba,  escondiéndose a medias entre las colinas y,  a veces,  invisibles por algún manto de niebla o por la indiferencia.

 

Es allí en la vereda Granizal de Bello donde cientos de hombres y mujeres de todas las edades se baten día a día con el destino,  en una vida que oscila entre el miedo y la esperanza.  

 

Miles de miedos:  el miedo a fuerzas hostiles a su lado,  mirando,  actuando.   El miedo de quién llega y de quién sale,  el de perder su único espacio.   Miedo a la carencia cotidiana,  al rigor de la naturaleza,  a la incertidumbre del día a día.   Mientras, al mismo tiempo,  permanece inamovible la esperanza:  de un día soleado común y corriente,  de unos hijos y unos nietos que juegan,  de unos ladrillos y un bulto de cemento por fin conseguidos para mejorar la casa;  la esperanza de poder estrenar para la Primera Comunión.   La esperanza de estudiar,  de un empleo.   La esperanza de ganar aquel partidito de fútbol,  de encontrarse hoy otra vez con los amigos.   La esperanza del juego,  de la risa que nunca los abandona.   La esperanza de poder librarse por fin de aquel sino de persecución,  de aquellas huidas que a veces parecen eternas.   La esperanza,  en fin,  la gran esperanza de poder merecer por fin,  como los demás,  un lugar sobre la tierra.

 

 

II.  LA HISTORIA DE DON MIGUEL

 

La historia de San José del Pinar,  ese barriecito pobre que se ha ido levantado a la entrada de la vereda Granizal,  como en todo barrio está encarnada en cada uno de sus habitantes.   Entre todos ellos,  sin embargo,  hay un protagonista,  testigo de excepción de todas sus luchas:  Don Miguel Rodríguez Serrano.   Es al rededor de sus palabras,  de lo que han visto sus ojos,  que tejeremos en letras la historia de esta comunidad. 

 

No hay en El Pinar quién no conozca a don Miguel.   Un hombre mayor,  de mirada serena,  que además de ser uno de los fundadores del caserío fue presidente de la Junta de Acción Comunal  durante seis años intermitentes.

 

Vive en la carretera principal en una de las primeras casas que dan la bienvenida al caserío.

 

Llegó a El Pinar el 24 de diciembre de 1996,  unos meses después de haberse iniciado la invasión junto con sus tres hijos y doña Alicia,  una mujer de aspecto humilde que lo secunda en todas sus locuras.

 

Los acompañaba también un yerno que se había dejado convencer por la idea extraña de jugárselo todo a la suerte para poder hacerse a un rancho propio.

 

El inicio de la diáspora

 

Toda la gente de El Pinar tiene una historia qué contar.   Y en todas sus historias siempre hay alguna tristeza.   De alguien que desapareció,  de unos hijos que fueron perseguidos o asesinados.   De algún hogar o solar abandonado.   De alguna familia deshecha.   Todos terminan hablando de alguna diáspora,  de algún peregrinar.

 

No hay historia en el Pinar que no esconda una tristeza.   Algunas son historias de terror,  de horror,  de alguna pesadilla recién sufrida.   Otras,  más tranquilas,  hablan de alguna amenaza latente,  o de algo que sucedió hace años,  cuando los abuelos o los papás tuvieron que salir huyendo.

 

Oyéndolas,  descubre uno cuántas cosas suelen sucederle a los colombianos.   Se entiende que la vida de los pobres de nuestro país es siempre un riesgo,  un andar en el filo,  y se comprende que la historia del desplazamiento en Colombia es ya de muchas generaciones.   En Colombia la historia del destierro es larga.  

 

Por ejemplo,  don Miguel,  nos aclara que él no está en El Pinar en calidad de desplazado.   Pero nos cuenta cómo su familia en el año 56 llegó desterrada del Tolima a Bogotá obligada a abandonar el hogar paterno,  y cómo su hijo fue asesinado,  y cómo ha tenido que huir en dos ocasiones de su mismo barrio,  ya mayor,  bajo amenazas.

 

Don Miguel comienza su historia diciendo que nació el 26 de octubre de 1937 en el municipio de Purificación (Tolima),  en un hogar profundamente liberal en el que nunca faltó ni pan ni amor.

 

Don Miguel:  Fue desde el nueve de abril que mataron a Jorge Eliecer Gaitán cuando empezó en Colombia la violencia política tan dura,… entre liberales y conservadores.   Eso nos tocó muy duro.

 

Purificación fue muy azotado por esa violencia política.   Tal vez como en el 55  (trascurría el Gobierno del General Rojas) era tan duro el foco de violencia que había en el pueblo, que un domingo,  amanecer el lunes,  se alzó el partido conservador.   Esa noche hubo 17 liberales muertos en el pueblo.

 

… Nosotros somos de origen muy liberal,  y como a las cuatro de esa mañana del lunes los amigos conservadores fueron a sacar a mi viejo del pueblo,  para que se fuera para el monte.   Fueron para protegerlo.   Mamacita se fue con mi viejo y nosotros que estábamos pequeños nos quedamos.  Mi papá se llamaba José Antonio Rodríguez Villarraga,  y mi mamá Sara Serrano Preciado.

 

… Como a las tres de la tarde.   Mamacita volvió para servirnos en un mesón un viudo de pescado que había hecho por allá. 

 

Y los hijos sentados en la mesa,  cuando se escuchó un ruido muy grande allá en los aires,  y eran tres aviones que,  según lo que se supo tenían orden de bombardear a Purificación.   Pero créanme que yo no había visto un miedo tan colectivo,  de ver todo un pueblo arrodillado pidiendo perdón… ¡Pidiendo perdón!.   Todo el mundo salía con sabanas,  con pañuelos,  con niños recién nacidos mostrándolos al aire, así,  pidiendo perdón,  para que nos perdonaran la vida.   ¡Yo no había visto un miedo tan colectivo como ese que nos toco vivir en esa época!.

 

Eran aviones del Gobierno con orden de bombardear a Purificación que era un pueblo muy liberal.

 

Eso fue un miedo tan colectivo y,  gracias a Dios,  los aviones no sé si recibieron órdenes del alto mando de parar el bombardeo,  pero dieron tres vueltas rozando los techos de las casas y de pronto se perdieron en la lejanía.   Se perdieron y nos perdonaron la vida.  Pero ya le digo,  todo un pueblo arrodillado pidiendo perdón.

 

Y luego nosotros seguimos perseguidos.

 

Mi padre tenía cuatro fincas pequeñas con cultivos de plátano,  ajonjolí,  arroz y maíz.   Nos tocó salir,  y de eso se apoderaron los del otro color político.  

 

En ese tiempo había en Colombia una policía muy asesina llamada los “chulabitas”, y el centro de inteligencia (el CIC)… se cundió de “pájaros”.   Fue un grupo muy tenebroso en esta época de tanta violencia política llamado “los Pájaros”,  también muy asesinos.   Entonces ellos se tomaron esas regiones.

 

A mí me iban a matar.   Eso fue un viernes del año 56.  Entonces a mis papás les dio mucha angustia y me mandaron para Cali,  donde había una señora Isadora,  que me dio una muy buena hospitalidad.

 

Yo me comunicaba con mis viejos,  y un día me comuniqué con mi abuelita Magdalena Preciado,  y le pregunté:  “Mamita,  ¿qué pasa con mis viejos que no hay nadie,  y hace tiempo que no recibo razón de ellos?”.

 

Y ella me dijo.   “No mijito, a ellos les tocó irse para Bogotá.   A ellos les tocó salir de aquí también”.   Entonces yo me llené de nostalgia.   Y me lleno de nostalgia ahora (SE LE HUMEDECEN LOS OJOS A DON MIGUEL).   Y me dio tanta nostalgia que no me aguanté en Cali,  me fui para Bogota a buscar a mis viejos.   Ellos se habían ido todos.

 

Dejamos abandonado todo, todo.   La casa, y unas finquitas.   La casa paterna como a los seis o siete años nos la ayudaron a vender en 25.000 pesos,  pero las fincas se perdieron totalmente.   Nunca volvimos.

 

Aunque mucha gente nos aconsejó que volviéramos a reclamar lo que nos pertenecía,  mi padre siguió con el temor de que se iba y se estaba dos o tres meses y lo mataban de todas maneras a uno.   No fuimos capaces de volver.   En Bogotá de todas maneras conseguimos una buena hospitalidad.   Conseguimos trabajo.   Nos abrimos paso. 

 

La ciudad nos fue absorbiendo y nunca volvimos.

 

III. EL PINAR

 

Don Miguel vivió 30 años en Bogotá,  en donde además de su marcado acento,  consiguió un trabajo estable del que pudo jubilarse.   Fue miembro del Sindicato Nacional del Cultivo de las Flores (SINALTRAFLORES) y conoció y se casó con doña Alicia Ramírez Castro con quien tuvo tres hijos.

 

Hizo vida en la capital hasta 1986 cuando se vino a Medellín en busca de un mejor clima par su asma y apoyado por su cuñado Gonzalo Ramírez Castro con quien consiguió un trabajo.

 

 

Don Miguel:  “Yo llegué al Pinar el 24 de diciembre 1996.  O sea que este 24 de Diciembre de 2007 hará once años que estoy en el Pinar.

 

El Pinar tiene once años.   Yo tengo la primera acta del municipio de Bello ya reconociendo la invasión.   Esto fue en la segunda semana de agosto de 1996,  antesitos de yo haber llegado.

 

Jairo: [2] ¿Cómo era El Pinar cuando usted llegó?.

 

Don Miguel: Cuando yo llegué al Pinar,  por cierto fue con muchas penurias,  muchas necesidades,  yo pensé que no iba a ser capaz de vivir aquí.   Había 17 ranchos. 

 

Y todavía quedaba parte de una finca muy bonita que había ahí,  y el bosque.  Todavía había mucho bosque.   Por eso se llama el Pinar,  porque había muchos pinos,  una montaña,  un bosque de pinos.   Y eso se fue talando totalmente, por los que se tomaron esto.

 

Jairo:  O sea que usted no estuvo entre los primeros que invadieron.

 

Don Miguel:  Uno sí puede decir que fue fundador del barrio,  pero quienes se tomaron estos terrenos fueron grupos armados.

 

Jairo:  ¿De derecha o izquierda?.

 

Don Miguel:  Me parece que de derecha.   O no, no:  Bandas,…  bandas.   Se tomaron la finca,  y ellos mismos comenzaron a repartirla.   Y talaron todo esto.   Eso fue en 1996.

 

Jairo:  ¿Y quién era el dueño de la finca?.

 

Don Miguel:  Hay muchas versiones de muchas personas que quieren hacerse acreedoras de la finca,  pero yo conozco a un señor Luis Eduardo Rivera Cifuentes que acreditó papeles frente a la administración de Bello,  siendo el Alcalde el Doctor Oscar Suárez.   Él acreditó todos los papeles,  las escrituras y los impuestos.   Para mí,  él es el dueño.

 

Jairo:  ¿Y él qué hizo cuando vio el espacio invadido?.

 

Don Miguel:  Él denunció la invasión a los 15 días,  volvió y la denunció al mes.  Volvió y la denunció a los tres meses.   Hay tres denuncias al municipio de Bello.   Pero el municipio tal vez no nos quiso sacar de acá o no tenía para dónde sacarnos.   De todas maneras el municipio hizo caso omiso a ese pedido de Luis Eduardo.

 

Y luego esto se pobló muchísimo,  y al municipio ya le quedó más difícil sacarnos.

 

Ahora él tiene un proceso con el municipio por 1.450 millones de pesos que es lo que él cree que vale este terreno.

 

Jairo:  ¿Y el municipio qué ha respondido?.

 

Don Miguel:  El municipio le hizo una oferta formal a Luis Eduardo.

 

Lo que podía el municipio pagar en ese tiempo,  teniendo en cuenta metro cuadrado en el área rural,  le hizo una oferta de 135 millones.   Que era una diferencia muy grande.

 

Pero Luis Eduardo argumenta que él cuando tenía esos terrenos tenía una casa muy bonita.  Que él pagaba estrato seis y que ahora estábamos en estrato uno,  y que esos terrenos él ya no los necesitaba porque estaban totalmente desvalorizados.

 

En este momento aun reposa ese caso y algún día deberá tener un desenlace.   Hablando con don Álvaro Marín, ex Secretario de Gobierno,  me decía que el municipio tarde que temprano tendría que arregla ese pleito,  porque para el municipio ya es muy imposible sacarnos a nosotros de aquí.

 

Jairo:  ¿La finca todavía existe?.

 

Don Miguel:  La finca fue totalmente desmantelada.   Se robaron todo,  el techo,  las paredes, las ventanas,  Hasta los ladrillos se los llevaban.

 

Jairo:  ¿Y qué ha hecho don Luis Eduardo con ustedes?.

 

Don Miguel:  Don Luis Eduardo para toda la comunidad ha sido como un amigo,  porque él no nos ha molestado ni con tutelas ni con el ejército.

 

Él decía,  “yo no levantaré ni el dedo pequeño para tratar de sacarlos a ustedes de aquí.   Mejoren lo que más puedan.   Si yo tuviera con qué ayudarles a mejorar yo les ayudaba.   Hagan casas de material,  hagan lo que más puedan,  hagan iglesia y escuela.   Eso es un bien para ustedes y bien para mí.   Porque ya es más difícil que los saquen a ustedes y también más fácil arreglar el problema mío con el municipio”.

 

Jairo:  ¿Y cómo es la situación de los otros asentamientos cercanos?.

 

Don Miguel:  El Regalo de Dios y los otros asentamientos cercanos son muy recientes (de 2003 ó 2004).   Tienen unos cuatro años, cuando se dio el desalojo forzado en Altos de Oriente,  todos bajaron por acá.   Pero son otros terrenos.   Los terrenos donde están Regalo de Dios,  el Adolfo Paz,  y Altos de Oriente pertenecían a Reforestar Ltda.,  eso era como una entidad del Departamento.  

 

Cuando esta gente invadió también todos esos terrenos,  entonces Reforestar le vendió a  un señor “Fernando Ayala”,  quien los compró muy baratos con el problema.   Quizá pensando en hacer negocio.

 

Es decir que esas tierras tienen dueño actualmente,  pero él no tiene nada qué ver con El Pinar.

 

Don “Fernando” está bregando con una Corporación (y lleva un proceso grande con ellos),  a ver si logra que los invasores le compren y a hacer algunos arreglos con el municipio.   Pero no ha habido arreglo.   Tanto que incluso ha habido desalojo.   Hace unos tres años hubo un primer desalojo,  pero eso se quedó quieto.   .

 

Don Miguel y su familia no llegaron en calidad de desplazados a El Pinar,  sino como habitantes destechados,  como unos de los tantos pobladores que llegan tratando de conseguir una casa propia.   Luego de venirse de Bogotá,  don Miguel vivió en Medellín,  en el barrio Belén Rincón nueve años y en Aranjuez diez y ocho meses.

 

Algún día alguien le dijo que se estaba invadiendo una finca en la carretera a Guarne,  y él decidió salir a probar la suerte.   Cuando se vino pensó que estaba en Medellín; no sabía que desde ese día empezaría a vivir en Bello.

 

Don Miguel:  Yo primero vine a mirar las posibilidades y me gustó y dije: “bueno,  vamos a arriesgarnos”.   Con la señora y un yerno que también vive acá,  dije: “vamos a venirnos para acá a ver qué pasa”.  

 

Pedimos permiso a los que estaban allí.   Estaban entregando unos terrenos en la parte de arriba.  Y entonces les dije que andaba en busca de un lotesito,  a ver si me daban un lote para organizar un rancho.

 

Ellos lo investigaban a uno de dónde venía.   Yo les dije que era pensionado y ellos me dijeron que no necesitaba, que los lotes eran para gente muy pobre.   Entonces yo les dije las necesidades que tenía,  con un salario mínimo, y ellos me dijeron que volviera después para ver qué podían hacer.

 

Volví a los ocho días.   Los domingos iba.   A mí me gustó irme para allá.   Estuve así más de un mes cada ocho días.

 

Entonces ya un día me dijeron:  “vaya arriba,  por allá donde está armando rancho la señora Carmen.   Vaya diga que le den un pedazo por allá”.

 

Les dije que no,  que por allá no podía porque yo era asmático y sufría de asfixia.   Que si no había algo por acá abajo.   Entonces me dijeron que ahí estaba ese lote, que armara ahí mi rancho.   Pero por estar abajo les pagué 358.000 pesos.

 

Acá la mayoría de los lotes fueron regalados pero algunos lotes buenos fueron cobrados.   Sobre todo los lotes más centrales.

 

Jairo:  ¿Cuántas personas llegaron en esa primera vez,  o cuántas empezaron a llegar?.

 

Don Miguel:  Podemos hacer un cálculo:  yo cuando llegué había 17 ranchos,  pero mucha gente estaba trabajando ya.   Estaban haciendo ya sus ranchos.  Cada ocho días aumentaba mucho la gente y hacían su ranchito rápido.   La gente se movía mucho.

 

En un año esto se pobló del todo.   En sólo un año teníamos ya 354 casas.   En el 98.   ¡Eso fue muy rápido!.

 

Jairo:  ¿Cuántas casas hay ahora en 2007 en El Pinar?. 

 

Don Miguel:  Solamente en El Pinar hay aproximadamente 624 casas.   Más de 3.000 personas.

 

La Acción Comunal

 

Don Miguel es de esas personas que siempre están pensando en servir a los demás.   Es un quijote lleno de un alto sentido de solidaridad social.   A su casa siempre han llegado en busca de consejo o de ayuda los pobladores del barrio.

 

En su experiencia sindical,  don Miguel pulió el don de la palabra.   Entiende de asuntos legales.   Sabe hacerse de amigos,  saber gestionar,  y cultiva los contactos que pone al servicio de su comunidad.

 

Jairo:  ¿Cómo fue su ingreso a la Junta de Acción Comunal de El Pinar?.

 

Don Miguel:  Pues yo al mes de estar aquí.   Pienso que al mes se me acabó la tranquilidad de estar aquí.   Yo no sé porque circunstancias.  O tal vez el afán de servir a la gente o de orientar uno habla más de la cuenta,  y entonces la gente vio en mí algunas condiciones de orientación.  

 

Entonces esa gente que invadió llegó a donde mí y me pidió que si yo les podía servir de presidente de la Acción Comunal,  que ellos tenían conocimiento que yo tenía alguna capacidad para eso.

 

Fueron unos señores Cacao y Chocolate,  gente que se conocía era por su apelativo.   Toda esa gente murió después,  toda murió.

 

Y si,  tomé la Acción Comunal.   Eso fue en febrero de 1997.   Al tiempito de estar aquí.

 

Había un señor Darío Molina el primer presidente de la Junta,  y se hizo a un lado y me dijo que trabajáramos,  y me ayudó como vicepresidente también de la Junta. 

 

Lo primero que hicimos fue empezar a pensar en los servicios.   Porque cuando llegamos no había ningún servicio.  Nada, nada.   Eso era muy difícil.   Había un sanitario comunitario en donde está la escuela hoy en día,  donde estaba la finca.  Había además un lavadero.   La gente se levantaba a las dos de la mañana a hacer fila para lavar la ropita.   Se sufrió muchísimo.

 

 Buscando agua

 

airo:  ¿Cómo llegó el acueducto a El Pinar?

 

Don Miguel:  Cuando empezamos a traer el agua la tomamos desde una acequia destapada,  y ya le hicimos un tanque y desde allí la distribuíamos para la parte de abajo,  porque ese nacimiento,  esa acequia,  estaba abajo,  pasaba desde el rancho mío como a unos treinta metros.   Y hacia arriba era como muy difícil llevarla.   La gente venía a recoger el agua en baldes y la llevaba hacia arriba.

 

A los de la parte de abajo se nos facilitó más por la topografía del terreno y podíamos llevarla a las casas con mangueras.

 

Luego empezamos a pensar en traer el agua desde Piedras Blancas.   Hicimos una recolecta de 5.000 pesos entre todos los que estábamos.  Y dos señores “José Mena” y “Alejandro Mena” (quienes ya murieron todos dos, el 8 de diciembre de 1998)  recogieron la platica para comprar 400 metros de manguera de tres pulgadas.   Cómo le parece que cuando fuimos a recoger la manguera ellos nos dijeron que ya la habían pagado pero que no se las quisieron dar cuando fueron a reclamarla.   Bueno,  ¡Se nos perdió la platica!.

 

Pero nosotros seguimos en la lucha.   Empezamos a arar la montaña porque desde El Pinar, donde está el tanque del agua,  a la cordillera por donde pasa la tubería que viene de Piedras Blancas (que es agua de las Empresas Públicas),  hay 1.450 metros hacia arriba,  en manguera.

 

Y sí,  trajimos el agua de Piedras Blancas,  al tanque de arriba,  no a los tanques azules.   Los tanques azules son nuevos y no han servido para nada.   El que se usa es el tanque que nosotros hicimos en cemento.

 

Luego pensamos en llevar el agua hasta las casas.

 

Se hizo una cañuela con 120 huecos para meter las mangueras en los huecos,  pero eso no dio resultado porque la gente desconectaba el agua de los otros para conectar la suya,  y eso se prestó para disgustos con la gente.

 

Luego en plena campaña política de 1998,  llegó un aspirante al Concejo de Medellín el doctor “Francisco Arteaga Caicedo” y yo le hice una propuesta de acompañarlo,  y que le podíamos brindar algunos votos a costa de que él nos regalara algunos tubos de dos pulgadas para ver si nosotros organizábamos un poquito el acueducto.  

 

Y Así fue.   Antes de las elecciones él nos llevó 49 tubos de dos pulgadas en PVC.  

 

Gracias a mi Dios, logramos llevar el agua a todos los ranchos.   Y así fuimos organizando el acueducto.   Lo fuimos tecnificando. 

 

Todo ha sido hecho por la comunidad,  acá en logística [3] la mano del Gobierno ha sido muy poquita.   Nada.  

 

Pero en ese tiempo sí era bonito trabajar,  era hermoso trabajar,  ver la gente,  el entusiasmo de la gente.   A uno cuando le faltan las cosas … ya uno que porque tiene el agüita,  que porque tiene la luz,  ya como que se olvidó uno de trabajar.   Pero el trabajo era muy hermoso… y se veía el trabajo.   Yo trabajé con 10 comités de trabajo muy sabroso.   Ahora no hay ninguno.

 

El Alcantarillado

 

Jairo:  ¿Cómo es el servicio sanitario en El Pinar?.

 

Don Miguel:  Primero hubo en algunas casas letrina,  con fosos sépticos.

 

Al principio,  se aprovechaba que todo era despoblado.  Alrededor de El Pinar todo era monte.   No había ni Regalo de Dios, ni nada.

 

La gente hacía entonces sus necesidades en el monte.   Y en bolsas botaban sus necesidades al monte y por donde quieran las botaban.  

 

Hasta en los techos de las casas uno sentía que botaban los excrementos en bolsas.   Eso fue muy duro.

 

En 1998 don Miguel tuvo huir a Bogotá por amenazas en El Pinar,  en hechos que serán relatados más adelante.   Despidiéndose de la gente de Pastoral Social,  el padre Cesar Franco le presentó al señor Giuseppi (no recuerda el nombre),  un italiano representante de la Unión Europea en Medellín.

 

Aunque al principio pensó que no volvería,  la situación en Bogotá fue tan crítica y apremiante que Don Miguel estuvo solamente siete meses.   Arriesgando su vida prefirió volver a su barrio.

 

Don Miguel:  Cuando me volví de Bogotá la situación estaba en las mismas condiciones.   Sin alcantarillado todavía.   El excremento por las calles,  hasta por la acequia,  rodaba mucho excremento humano.

 

En esas recordé al señor Giuseppi que me habían presentado antes de irme a Bogotá,  y aunque ya no era de la Junta me fui a buscar la oficina de este señor en el barrio Prado Centro de Medellín,  para ver cómo podía ayudarnos.   Me acompañó Nena Céspedes,  también fundadora y líder del barrio. 

 

El doctor nos abrió sus puertas,  y hablamos sobre la prioridad del alcantarillado.   Después de un rato,  nos dijo que para él era muy imposible invertir en esos lugares ilegales porque no sabía si la inversión sí iba a durar.

 

Yo entonces le dije:  “Vea doctor nosotros ya tenemos un año largo de estar acá y si hemos sobrevivido en la situación que hemos vivido,  y si tenemos oportunidad de vivir otros seis meses u otro año o dos en mejores condiciones,  qué bueno sería doctor”.

 

A él eso como que le sonó.   Nos dio otra cita y nos prometió ayuda.   Luego nos regalaron el alcantarillado:  1009 Tubos de 8 pulgadas.

 

Para hacer entonces el alcantarillado tuve un contrato de 36 millones de pesos,  de los que no recibí nada en efectivo.   Pusimos a trabajar a 50 personas de la comunidad,  haciendo las brechas y poniendo los tubos, y se les daba un mercadito semanal del valor de 45 mil pesos.   Fue un triunfo muy grande.

 

Pero mire que a veces se pierden muchas cosas por culpa de la misma comunidad.

 

Vinieron unas desavenencias de personas de la misma comunidad,  pensando que yo me estaban beneficiando de esa plata,  y empezaron a torpedear el proyecto.  Y fue así como se quedaron 36 ranchos arriba y 11 ranchos abajo sin alcantarillado. 

 

Hoy ya se tiene en todos,  pero mire cómo a veces la misma comunidad ahuyentamos a las entidades que quieren ayudarnos.

 

A estudiar muchachos

 

Jairo:  Cómo llegó la educación al Pinar?.

 

Don Miguel:  Desde que nosotros llegamos pensamos en la educación de los muchachos,  porque como todo el mundo sabe que un pueblo sin educación no es nada.   Una sociedad no es nada si no estudia. 

 

Entonces lo primero que hicimos fue hacer una ramada en tablas para poner a estudiar a los muchachos.

 

Estábamos en eso cuando la doctora Miriam Montoya,  que era la directora de la emisora Minuto de Dios,  me regaló tres minutos para salir al aire.   Eso fue hace tiempo: en el 97,  cuando estábamos fundando el barrio.

 

Hubo personas de la sociedad que acudieron al llamado y se hicieron presente.   Las Empresas Públicas fue una de ellas a través del Doctor Héber Zuluaga;  el padre español Francisco Burgos,  buena gente también;  César Franco,  de Pastoral Social, y otros,  hicieron presencia.   Y todos,  colaborando por la educación, hicimos la ramada esa.   La Doctora Miriam Montoya nos regaló el techo,  las Empresas Públicas nos regalo el piso.   Y así montamos un saloncito en el mismo sitio en donde está la escuelita ahora,  para empezar con el primer año.

 

La primer profesora fue una hija de crianza mía  (Jenny Parra Ramírez).   Le pagábamos 10.000 pesos semanales.   Muchacha que no tenía ninguna preparación pedagógicamente muy elevada,  pero ella sí había hecho estudio de bachiller y había hecho dos semestres de contabilidad sistematizada y técnicas de oficina.   Entonces ella fue la primera profesora que tuvimos.

 

Y luego nos mandaron un profesor oficial.   Y ya Bello fue tomando cartas en el asunto y el Banco Mundial también y el Departamento.   

 

En este momento no estoy muy bien enterado,  pero me parece que no ha cambiado mucho desde hace seis o siete años,  la educación por el sistema de cobertura, en la que el Banco Mundial,  en un sistema llamado de cofinanciación,  da el 50%.   El municipio da el 20% y el departamento el otro 30%.

 

La escuela se ha ido superando mucho.   Se llama el Centro Educativo El Niquía,  y en este momento (2007) tenemos hasta noveno año.

 

Claro que me gustaría hacer una aclaración:  la escuela se llama ahora El Niquía,  pero, en un principio la doctora Miriam Montoya nos dijo que ella era muy devota de San José y que cómo nos parecería a nosotros que la escuelita llevara el nombre del santo.  Entonces desde un principio nosotros no tuvimos ningún reparo en que la escuelita se llamara San José.  Fue así como nació San José del Pinar,  que es el mismo nombre del barrio.

 

Jairo:  ¿O sea que el barrio en realidad se llama San José del Pinar? 

 

Don Miguel:  Sí.  Le dicen El Pinar solamente,  pero se llama  San José del Pinar.

 

Jairo:  ¿Entonces por qué la escuela terminó llamándose El Niquía?.

 

Don Miguel: Primero la escuela,  cuando ya empezó a formalizarse,  la tuvo el padre Jorge Villalobos de Gente Unida.   En ese tiempo aun se llamaba San José.   Luego de esto ellos se fueron alejando,  y se la dieron por cobertura a Hernando Cuervo,  que es de Bello,  de Asproter  (así se llama la corporación que él maneja),  y como él tiene otra escuela allá en Niquía, por eso le cambió el nombre de la comunidad y le pusieron ese otro nombre.

 

Eso fue hace tal vez unos cinco años.   O sea que los primeros seis años la escuela se llamó San José del Pinar,  como el barrio.

 

La religión en El Pinar

 

Jairo:  ¿Cuándo se hizo la capilla de San José del Pinar?

 

Don Miguel:  La capillita se hizo en 2002.   Pero siempre ha estado aquí la presencia de la Iglesia.  Desde que llegamos,  siempre ha estado presente.   Siempre hemos tenido la compañía de sacerdotes,  aunque no estén aquí viviendo todo el tiempo.   En el comienzo la misa se oficiaba en una ramada de la Junta de Acción Comunal,  que era en tabla y zinc,  y no tenía piso.

 

Pastoral social ha hecho mucha presencia.   Sería injusto no resaltar la presencia de la Iglesia.   Para la comunidad del barrio El Pinar y comunidad de la vereda Granizal ha sido fundamental,  para mantenernos.   Ha sido un pilar para nosotros,  tanto en lo pastoral como en lo social como en lo cultural.   Yo pienso que la presencia de la Iglesia es fundamental en todas las comunidades.

 

Recuerdo muy bien al padre Cesar Franco de Pastoral Social,  recuerdo también con mucho cariño y aprecio al padre Jorge Villalobos,  porque fueron unas personas que nos acompañaron desde que llegamos nosotros.   Yo recuerdo por ejemplo que hubo un invasión acá al lado izquierdo frente al lote de El Pinar.   Hubo una invasión y el padre Villalobos casi se hace encarcelar por defendernos.

 

Recuerdo al padre Jonh Fredy Vázquez que fue uno de los promotores de la parroquia del Padre Nuestro que es la que oficia aquí.   Un día el padre Fredy le propuso a la Junta que les cedieran los terrenos y unas ramada en la parte de abajo,  para hacer la capilla,  que había una entidad que quería hacerla.   No lo pensamos dos veces y se fue formalizando hasta que entró aquí la fundación “Pan y Paraíso” a construir la capilla que tenemos aquí,  una capilla comedor muy hermosa que se llama San José del Pinar.   Desde entonces ya se ha venido oficiando aquí no sólo los domingos sino también el martes,  el jueves y el sábado.

 

Después vino la idea del mismo padre para hacer una casa para las Hermanas Salesianas,  cinco monjas que vendrían a hacernos compañía permanente aquí al barrio.  

 

Y así fue.   Hoy gracias a Dios,  con la llegada de las hermanas a la casa que está en la parte de abajo,  ha sido de mucho beneficio para todos:  Ellas administran el comedor,  en donde se alimentan gratis niños y ancianos del barrio.

 

También organizan unos talleres,  una pequeña industria,  con algunas máquinas de confecciones y permanentemente viven trabajando allí.   En la salud también han sido fundamentales.   Ellas tienen un botiquín muy organizado.   Y han sido muy útiles también para la juventud y la niñez del barrio.

 

Jairo:  ¿Hay algunas otras acciones de la Iglesia Católica en El Pinar?

 

Don Miguel:  Hay también en la parte alta de El Pinar una capillita de la Iglesia Católica,  pero que,  aunque es apostólica no es romana.   Yo estuve en la primera misa en esta capilla y yo escuche al padre decir:  “yo no quiero engañar a nadie:  nosotros no dependemos de Roma sino que dependemos del Brasil”.   De un obispo “Mena” o algo así.

 

El padre Alonso y el padre Rubén.   Son Católicos ,  todo es igual:  la misa,  la virgen,  pero con la diferencia que una depende de Roma y la otra de Brasil.

 

Esa capilla fue inaugurada más o menos en 2005.  

 

Jairo:  Sí,  nosotros la conocemos.   Es la capilla de Santa María del Pinar, con actividades de pastoral,  grupo juvenil,  catequesis.   Tienen una caseta parroquial y prestan un servicio muy cercano a la comunidad de la parte de arriba.

 

¿Qué otras religiones hay en El Pinar don Miguel?.

 

Don Miguel:  Yéndose a la Constitución hay libertad de religiones.   Acá existen varias iglesias como la Cuadrangular,  los Testigos de Jehová,  los Pentecostales,  hay varias religiones.   Pero aquí en El Pinar la Iglesia Católica aun reina.    tiene un 90% de los fieles.

  

Llegó la policía

 

En la madrugada del 24 de marzo de 1997,  a los tres meses de estar en El Pinar,  don Miguel vio por las rendijas de la ventana de su casa cómo llegaba al barrio un piquete de policía de cerca de 800 unidades.  

 

Con este operativo tan grande,  todos pensaron esa mañana que los iban a sacar a la fuerza.

 

Don Miguel:  Eso fue una invasión.   Nosotros nos dimos cuenta desde las cuatro de la mañana,  pero no quisimos llamar a los muchachos para no alarmarlos.

 

Sólo hasta eso de las seis,  cuando esa gente se esparció por todo el barrio llamamos a los muchachos y les dijimos que se alistaran y organizaran.   Esa mañana nadie quería salir de sus ranchos.

 

La incertidumbre duró hasta cuando vi a un policía en el patio del rancho y vi que eran hasta muy amables y les pregunté de qué se trataba,  que si era que nos iban a sacar,  y me respondió que era que iban a hacer un censo de la población,  para ver en qué condiciones vivíamos.

 

La gente ya les fue tomando confianza y poco a poco fueron saliendo y les sacaban tinto,  y hasta arepa comieron todos esos policías aquí.

 

Para entonces ya había más o menos 200 casas.

 

La violencia,  otra vez

 

El Pinar fue un territorio tomado por la fuerza,  y se ha venido poblando por gente desterrada que viene huyendo de la muerte.   Por eso,  desde su nacimiento este barrio ha estado marcado por el signo de la violencia expresada de muchas formas.

 

Dado que es un asentamiento declarado ilegal,  es un barrio que no existe para el Estado,  razón por la cual se mantiene en relativo abandono de lo oficial.

 

Su configuración social no está mediada por ningún ordenamiento jurídico,  sino por la autorregulación social,  bien a través de acuerdos cotidianos de convivencia,  o bien mediante la fuerza.   Esto se ve reflejado en la gran cantidad de problemas domésticos y de vecindad,  en la impunidad de muchos delitos,  en el control del orden social a manos de particulares armados (fuerzas de hecho),  en la resolución de los conflictos a través del mecanismo de la amenaza,  en la presencia de grupos armados fuera de la Ley.

 

Por si fuera poco,  su ubicación estratégica en el corredor que une el Valle de Aburrá con el Valle de San Nicolás,  ambos polos de desarrollo fundamentales para la economía regional,  hace que sea un territorio sometido a la presión de muchos intereses y muchas fuerzas.   La lucha por el control del espacio de las distintas fuerzas armadas,  ha marcado parte de su historia.

 

La violencia en El Pinar se expresa pues a varios niveles que van desde la violencia intrafamiliar y los conflictos de vecindad,  hasta la pugna de alto nivel por el control de un territorio geográficamente estratégico.

 

Doña “Julia Vásquez”,  fundadora del barrio que llegó a El Pinar en septiembre de 1996,  dos meses y medio antes que Don Miguel,  nos cuenta los primeros momentos de terror del caserío.  

 

Doña “Julia Vásquez”:  Primero no se podía salir aquí.   El 18 de enero de 1997, a más de un mes de estar aquí.   Yo tenía que madrugar a trabajar y dejar a los muchachos solos.

 

Como a las cuatro de la mañana bajé y me encontré con don Miguel que iba también a trabajar.   Antes de él devolverse porque había dejado algo en la casa me dijo:  “Eh,  yo creo que aquí va a pasar una tragedia”.  Yo le dije que no dijera eso que acá no iba a pasar nada,  y me fui intranquila.  Yo le dije también que subiera por la tarde a la casa que ese día era el cumpleaños de “Alberto”.

 

De regreso,  yo traje una tortica.   Cuando llegamos,  veníamos en una buseta cuando allí en la terminal nos bajaron del carro.

 

Cuando veo a unos encapuchados.   Y me dice uno de los muchachos, bájese y vaya donde sus hijos y me cogió de la mano.   Como me dijo que fuera donde mis hijos sospecho que era un muchacho del barrio porque sabía que yo tenía hijos.

 

Entonces me dijeron que me tirara al suelo,  y me empujaron y caímos todos en plancha unos y otros.   Puse la torta en el suelo,  cuando se alcanzó a oír la balacera.   Bajaron a un muchacho de la buseta y le dieron pura metralleta.   Se la vaciaron…  Y todavía está vivo.

 

Parece ser que estaba vendiendo drogas,  y lotes,  o no sé qué. 

 

Ese mismo día,  cuando veníamos ya subiendo a mi casa,  cuando una bala… ¡Zipp!.   Dizque un misil.   Dios mío le dio a la torta,  ¡le pasó de lado a  lado a la torta!.   No la tumbó pero la atravesó. 

 

Cuando atravesó la torta,  a una muchacha,  que es comadre de la hija mía,  esa bala le cayo en toda la nalga y este muchachito mío la cogió en los brazos y atajó un carro,  para que se la llevaran.   Desde eso le dicen “El Diablo” al muchacho,  porque es muy piloso.

 

Mi hija estaba enamorada de un muchacho armado y ella tenía ganas de ser “guerrera de la noche”.   Le encantaba estar pendiente de todo.

 

Un 31 de mayo (de 1997),  llueva que no ha llovido,  el muchacho éste vino a la casa.   Ellos pasaban por ahí, los que vigilaban en esa época, y yo los aconsejaba.   Muchachos dejen esa bobada que ustedes tienen familia,  tienen mamá y hermanos.

 

Él me decía que mi hija quería estar en los “guerreros de la noche”,  que la dejara que a ella no le iba a pasar nada.  

 

Esa noche llueva que llueva,  y yo era con esa pesadez tan maluca.   Yo me quedé ahí en la casa, cuando sentí take take en el techo.  Y yo: “¡ay,  Señor bendito! y mi muchacha dónde está”.

 

Yo salí corriendo a la casa de la negrita,  de “Drilmed”.   Y yo toda preocupada.  Cuando salió la muchachita y me dijo:  “¿cómo le parece que mataron al Zarco y al hermano?.  Mataron siete abajo en el billar”.   Y yo que salgo para abajo. 

 

Dicen que eran milicianos de arriba,  y que ya venían con la lista de los que iban a matar.   En esa lista estaban mi hija,  el novio y el cuñado.   Dicen que venían por 17.  

 

El novio tenía un papelito en la mano que decía “Liliana” el nombre de ella.   Entonces le mataron al novio.   Eso fue una carnicería.  

 

Yo saqué a mi muchacha.   La estaban buscando.  Yo salí agachada  y metí a mi muchachita en un carro en medio de una balacera.   Yo no sabía cómo iba a volver.  

 

La llevé hasta Manrique donde mi mamá,  pero me dio miedo dejarla allá porque pensé que ellos sabían dónde vivíamos.   Luego la mandé a Itagüí.   De allí,  con una cuñada mía la mandé a Bolívar,  y allí se enamoró del que hoy es su esposo,  recogiendo café.   Él le echaba piropos y ella le gritaba.

 

De las fuerzas que había todos murieron,  después parece que han llegado otros.

 

Don Miguel es desplazado de su barrio

 

La matanza del 31 de mayo de 1997,  en el que siete jóvenes de El Pinar fueron acribillados con tiros de gracia,  era el preámbulo de la llegada de una nueva fuerza que vendría a disputarse el territorio.   Ya en El Pinar no estaba la misma banda de hace un año.   Ya estaban entrando nuevos grupos a apoderarse del territorio,  y así seguiría a lo largo de su historia.  

 

En palabras de Don Miguel “A nosotros siempre nos ha tocado seguir trabajando.   Nos ha tocado seguir bailando así sea con la más fea”.

 

Don Miguel:  Nosotros siempre hemos vivido en la zozobra.

 

Y no solamente nosotros,  sino todo el territorio nacional.   Yo siempre he pensado que el campesino está entre la espada y la pared.  Porque yo tengo mi casa aquí, y pasan los paramilitares y me preguntan que si por acá pasó la guerrilla,  o pasan los guerrilleros y lo mismo.  Luego llegó alguien a que le regale agua o comida,  o dice “vamos a llevarnos esa gallina”,  y así piensan que los campesinos son auxiliares de uno u otro grupo.   Eso pasa también acá en la ciudad.

 

1998 ha sido el año tal vez más difícil en la vida de don Miguel.   Le empezaron a llegar amenazas,  el 28 de abril un hijo suyo fue secuestrado y asesinado,  y fueron tantas las presiones que tuvo que salir desplazado a Bogotá con su familia.   En marzo de 1998 don Miguel saldría huyendo por su vida del barrio que había ayudado a fundar.

 

Luego de siete duros meses vividos como desplazado en Bogotá,  don Miguel y su familia decidieron regresar a riesgo de su propia vida,  ya terminando el año 1998  (en el mes de octubre).

 

La tensión seguía allí.   Sin embargo,  tras de hacer gestiones para la construcción del alcantarillado,  don Miguel recuperó su papel de dirigente comunal.   El presidente de la Junta que había quedado cuando él se fue,  le cedió sin problema su puesto.  

 

Don Miguel es de nuevo desplazado

 

Don Miguel siguió trabajando en el barrio hasta que volvieron de nuevo las amenazas, en el año 2000.  

 

Don Miguel:  En realidad no fue por implicación con ningún grupo.  Fue por mi  condición de líder.   Ese es el precio que tienen que pagar los que, como yo,  nos la damos de líderes.

 

Fue sacado de su casa y se tuvo que refugiar en Belén la Capilla,  por seis meses,  en casa alquilada en 150 mil pesos.   Es éste un caso del llamado “desplazamiento interno”.

 

A pesar del temor siguió yendo a El Pinar, ya que por esta fecha se estaba realizando un campeonato que los muchachos encargados del deporte llamaron en su honor  “Primer Campeonato por la Paz,  Copa Miguel Rodríguez”. 

 

Subía entonces cada ocho días a ver los partidos en la cancha y a coordinar el equipo de fútbol Atlético El Pinar,  que él mismo dirigía y que obtuvo el campeonato en el mismo torneo del años 2000.

 

Don Miguel:  Eso me hace acordar de una fotografía que yo tengo de un equipo de once  jugadores.   Usted se pone a mirar esa foto y hoy viven tres de esa foto.   El resto está muerto ya.   Todos matados.   Siendo jóvenes,  muchachos todos.

 

Luego de seis meses de desplazamiento en Belén la Capilla.   Don Miguel tomó de nuevo la decisión de regresarse.

 

Don Miguel:  Yo no dejaba mi barrio.   Yo quiero mucho al Pinar.  Nos dio entonces por volvernos.   No sé por qué,  a seguir sufriendo por acá.   Hablé entonces con doña Alicia y los hijos, y nos resolvimos a venir dispuestos a lo que fuera.

 

Yo les dije:  “Definitivamente nos volvemos sin miedo,  pase lo que pase, no vamos a volver a salir del barrio.   No le vamos a tener miedo a nadie,  no nos vamos a esconder de nadie,  no nos vamos a encerrar”.   Y entonces nos volvimos.  Eso fue para el año 2000.

 

Y las amenazas seguía.   Yo estaba en una reunión en la escuela con los profesores  (que ya teníamos como tercer año de primaria en la escuela) y con gente de las Empresas (Públicas),  Cuando llegó doña Alicia llorando a la escuela toda asustada.   Yo le dije:  “Vamos a aguantarnos el chirrionazo aquí y no vamos a salir corriendo”.  Y nos quedamos.

 

Un derrumbe en el Pinar

 

Cuando don Miguel estuvo exiliado de El Pinar había ocurrido un derrumbe en la parte de abajo que,  incluso,  había averiado su casa.   Como estaba en la carretera,  el derrumbe impedía el paso de vehículos,  por lo que tocaba pasar al hombro los mercados.

 

Al regresar,  seis meses después,  el derrumbe aun estaba sin que nadie hubiera hecho algo por solucionarlo.

 

Interpuesta una tutela en septiembre de 2000 y luego de negociaciones con el Doctor Oscar Arboleda, director encargado de Obras Públicas Departamentales,  consiguieron al séptimo mes del daño que la Gobernación iniciara por fin las obras de reparación.

 

La propuesta era levantar un muro de contención,  trabajo que se inició tal cual lo convenido hasta que en un momento la obra se detuvo por un mes.   El argumento de los contratistas era que un grupo armado del sector tenía vacunada la obra y estaba pidiéndoles demasiado dinero par dejarla terminar.   De todas formas la obra se pudo terminar con el trabajo de un oficial.

 

La última oleada de muerte

 

Las escalas que atraviesan El Pinar de abajo a arriba no las inició don Miguel.   Las inició siendo presidente de la Junta el señor “Gonzalo Zapata”, la persona que lo había reemplazado a él en la Junta,  mientras su segundo exilio.   Luego don Miguel ayudó a terminarlas hacia el año 2002.

 

Pero aun le faltaba sufrir a la comunidad de El Pinar su último huracán,  cuando en 2003 se desató una nueva crisis,  en la que también murieron varias personas en hechos que,  como muchos en Colombia fueron de difícil esclarecimiento.

 

El Pinar,  no obstante ha entrado en los últimos años en un período de tranquilidad.   Ya el progreso comienza a verse por las calles.   Se empiezan a levantar cada vez más casas de ladrillo,  se han venido abriendo negocios,  la gente entra y sale confiada del caserío.  Un nuevo ambiente se respira desde 2004.

 

Don Miguel:  No sé si esa paz esa tranquilidad de ahora se le debe al presidente Uribe, que dicen que es él quien ha mejorado estos territorios,  o al desarme de las autodefensas.   Creo que más se le debe al Presidente,  por las negociaciones tan grandes que ha tenido.

 

 

IV. LA VIDA EN EL PINAR DE HOY

 

Las necesidades

 

Jairo:  ¿Qué porcentaje de gente desplazada hay en El Pinar?.

 

Don Miguel:  Recién fundado el barrio,  recién se tomaron los terrenos la mayoría era gente desplazada de otras regiones,  más que todo del Urabá.   Aunque había gente de muchas partes del territorio colombiano. 

 

Casi toda la gente era desplazada.   Por lo menos el 90%.   La gente desplazada,  no sé…   Tal vez volvieron a tomar algunos el retorno,  algotros pasarían a un mejor nivel de vida y fueron saliendo del barrio.   Y la gente que va saliendo empezó a ser reemplazada por gente ya de la ciudad.   Gente tal vez con problemas también por el desplazamiento interno en la ciudad,  y otros,  como el caso mío,  por el afán de tener un rancho propio.   Entonces se fue poblando ya no con tanta gente desplazada sino con gente de la ciudad.

 

Ahora el porcentaje,  sin mucha equivocación es de un 40% de desplazados y un 60% de gente no desplazada.

 

Jairo:  ¿Ahora cómo se va uno a vivir a El Pinar?  ¿Aun es regalada la tierra,  o ya es por venta?.

 

Don Miguel:  Todavía hay algunos lotes,  pero muy poquitos.   Como ocho lotesitos que la Junta no los ha querido repartir.  

 

Hay unos costos para la gente que vive aquí.   La Junta desde siempre ha recogido la cuota del agua.   Se han pedido mil pesitos semanales por casa,  para la cuota del agua.   Que se reinvierten para la comunidad.

 

Esos pesos eran para pagarle al trabajador,  cuando nosotros estábamos en la Junta le pagamos 90.000 pesos al trabajador,  para hacer el mantenimiento de los tubos,  lavar los tanques cada ocho días.   Tocaba pagarle a él.   Y debe haber una persona que dirija eso,  para evitar las peleas.  

 

En toda parte debe haber una organización que dirija las cosas.  A mí me parece que eso ha sido un dinero bien invertido.

 

Jairo:  ¿Cómo ha sido la presencia del Estado?.

 

Don Miguel:  Nosotros tenemos que agradecerle por lo menos al municipio de Bello,  porque las represalias no han sido tan duras con nosotros cuando nos tomamos el terreno.   Acá no ha habido ningún desalojo.

 

Una vez nos desalojaron 32 casas,  pero porque nosotros nos tomamos unos terrenos acá en el límite de El Pinar,  que eran de “Reforestar” en ese tiempo.   Nos tomamos e hicimos 32 casa para un poco de gente nueva que llegó.   Eso nos lo desalojaron.   Pero del Pinar no.

 

En salud,  nosotros también tenemos que agradecerle al municipio,  porque nosotros tenemos por lo menos el 90 o 95 % de la gente sisbenizada.   Por ahí un 70% de gente afiliada a las diferentes empresas prestadoras de salud.   En esa parte tenemos que agradecer también.

 

A nivel Nacional,  es muy poquita la presencia.   Tal vez,  con los hogares comunitarios,  de bienestar familiar.

 

Cuando se acude al municipio de Bello,  el decir es que carecen de recursos.  Y yo creo que es verdad.

 

Nosotros pesamos que tenemos un papá pobre.  Cuando nosotros tomamos estos terrenos pensábamos que pertenecíamos a Medellín.   Hubiera sido otra suerte tener un papá rico como Medellín,  que sí tiene plata y mucha.

 

Pero no,… dimos con el papá pobre y estamos pobres.   (RISAS)

 

Entonces yo les digo que deben mirar esa situación que La Torre que queda en Medellín y tiene muchos desplazados.  Ellos tienen un papá rico y nosotros tenemos un papá muy pobre.   Por eso hay mucha diferencia entre el Pinar y la Torre.   Ellos Tienen todos los servicios,  teléfono,  y las escalas por todas partes.   Es mucha la diferencia.

 

Y yo les hago esa comparación.   Porque cuando nos cogimos estos terrenos no nos pusimos a mirar si esto pertenecía a Bello o Medellín.   Es como el hijo que viene en camino y quién sabe dónde entra uno, hermano.   Y allá llegó y cayo uno.  Nos pasó igual.  Y dimos con un papá muy pobre.   Es cuestión de suerte.   (RISAS)

 

Jairo:  ¿Cuáles son las principales carencias que tiene el sector?.

 

Don Miguel:  Lo logístico.   Donde hubiera una logística del barrio.   Que nos Arreglaran el barrio,  que nos lo organizaran ya con calles y carreras,  con escalas,  y con un mejoramiento de vivienda,  nosotros quedaríamos muy contentos.   Yo pienso que esa es la principal carencia y necesidad que tenemos en este momento.

 

A nivel de alimentación,  nosotros hemos sido como de buenas.   Sí,  hay gente que sufre,  que pide limosna,  sí.   Pero nosotros en ese sentido hemos sido como de buenas.   En El Pinar en este momento tenemos 225 niños y 50 viejos desayunando y almorzando de lunes a viernes sin ningún costo,  en ese restaurante de las fundaciones “Pan y Paraíso”,  “Berta Arias de Botero” y “Saciar”,  atendidos por las hermanitas Salesianas.   Tenemos ayuda por parte del Plan de Alimentos Mundial.   Por parte de Bienestar familiar.   Todos los niños que estudian acá en la escuela todos tienen un refrigerio muy bueno.   Es con almuerzo.

 

Igual que nosotros las otras comunidades tienen también restaurantes comunitarios,  patrocinados por las fundaciones.   En el tema de alimento,  pienso que aquí no estamos mal.

 

En tema de educación,  yo pienso que el muchacho que no estudie acá hoy día es porque no quiere.   Porque tenemos la escuela de nosotros El Niquía (tenemos hasta noveno año).   Tenemos a Lumen Dei,  tenemos la Montana,  la escuela de la Hermana Alcira y ahora el colegio que están haciendo en Medellín, fuera de los colegios cercanos como el Liceo Santo Domingo Sabio y el Antonio Delca.

 

También en el sector está Fe y Alegría con una escuela de formación en profesiones: metalistería,  ebanistería,  bueno diferentes profesiones.

 

Actualmente la demanda de los muchachos de El Pinar y de este sector,  mire que ha sido,  increíblemente,  muy poca.   Hay más gente de estos barrios de Santo Domingo o el Popular que de la misma gente nuestra.   Ya hemos notado eso.   Que el auge del estudiantado allá es de otros barrios y no de la comunidad nuestra.   Eso es una pérdida de oportunidad.

 

Aunque yo pienso que hay niños,  increíble pero es verdad,  que no estudian porque los padres no tienen los recursos como para meterlos al colegio,  comprarles un uniforme,  no lo tienen.

 

Yo pienso entonces que el principal problema es la infraestructura.   Mejorar las viviendas.   Hay gente que vive muy mal.   Uno es un privilegiado que no se moja.   Pero hay gente que se moja todavía,  que tienen el piso de tierra.   Todavía hay ranchos en plásticos.

 

Vivimos con la esperanza de que algún político le ponga mano a esto.   Que lo tengan presente las administraciones municipales y el Área Metropolitana.

 

Otra cosa que deberían hacer los políticos es recuperar la bloquera que construimos hace unos seis años cerca de El Pinar con dineros de la Red de Solidaridad y de Acción Social.   Esta bloquera está ahora abandonada y sería una buena fuente de trabajo para nuestra comunidad.

 

También en el gobierno del doctor Rodrigo Arango se compraron unos terrenos por ahí por 1999,  que se llaman Santa Ana de los Corrales a unos 100 metros de acá hacia Santo Domingo,  para reubicar más de 600 de viviendas.   Esta reubicación no fue posible parece ser porque este terreno no salió apto para construir,  aunque no entendemos mucho por qué ya que el terreno allá es el mismo de aquí,  y nosotros aun no hemos tenido ninguna desgracia en este terreno, a pesar de la inclemencia del clima.

 

De todas formas,  si no se va a construir,  ese es un terreno muy apto para hacer allí un gran parque infantil bien bueno o un colegio muy grande,  que quedaría magnifico en este sector.

 

Los habitantes de El Pinar

 

Jairo:  ¿Cuál es la población más vulnerable de El Pinar?

 

Don Miguel:  La población de niños,  entre los 6 y los 10 años  (hay más o menos una población de unas 1.500 o 1.800 niños) y las personas de la tercera edad,  es una población grande.   Es una población muy vulnerada,  muy abandonada.   No ha sido fácil conseguir los subsidios para los ancianos.

 

Acá tenemos un grupo de tercera edad,  llamada Luz y Fe en el que participan muy activos muchas personas mayores del barrio.   Cuando yo estaba en la Junta reservamos también desde el principio para los viejitos un lote muy bueno en la mitad del barrio para que tengan una sede propia muy buena,  en la que también hay un huerto y una buena caseta.   A los viejitos los tenemos en cuenta nosotros,  pero nadie más.

 

Jairo:  ¿Cómo son las familias en el Pinar?.

 

Don Miguel:  Es igual que en todos los territorios.

 

Cuando llegamos acá,  que llegué acá con mi familia,  llegamos a una sola casa,  a la casa paterna.  Pero los muchachos se han venido organizando.   Mi hijos se han venido casando y viven en el mismo barrio.

 

Jairo:  ¿Los niños son bien tratados?

 

Don Miguel:  No.  En el barrio siempre hay mucha violencia intrafamiliar.   Muchísima.

 

Y nosotros le hemos dado mucha prelación a eso.   Insistimos mucho en eso.   Por lo menos en las charlas.   En la forma en que vivimos,  para no seguirnos amargando más la vida.

 

Pero yo le hecho la culpa a un fenómeno,  que es en la indiferencia en que uno vive,  en esa necesidades,  con esas limitaciones,  yo creo entonces que se hace agresiva la persona.  Pero eso tiene muchos factores.

 

Hay problemas de vecindad,  y ahora los estoy notando más que nunca.   Incluso yo he pedido a Bienestar Social y a varias entidades que nos acompañan allá,  a ver si hacemos unos talleres de convivencia ciudadana.    Ya lo hemos hecho,  pero eso hay que hacerlo seguido.

 

Jairo:  ¿Cuál podría ser la causa por la que se estén agudizando los problemas de vecindad?.

 

Don Miguel:  Se están agudizando más,  yo creo que es porque ya hay más población que anteriormente.   Pero yo creo que la mayor causa es la falta de oportunidades de los padres para con los hijos.   No tenemos la forma de mandarlos a un estudio,  a una capacitación en el Sena,  y todo ese hacinamiento hace que esas relaciones sean tensas.   Uno ve vagando a los hijos por ahí por todas partes y uno no sabe qué hacer,  y le va dando a uno como un desespero.

 

Yo creo que es una parte del abandono,  de la falta de oportunidades que tienen los muchachos en este momento.

 

Jairo:  ¿Cómo es la vida cotidiana de las personas desplazada o vulnerable en el Pinar.   Cómo transita la vida cotidiana?.

 

Don Miguel:  No es tan normal como en otros sitios.   Aunque ahora ha cambiado un poquito,  porque primero la gente era muy prevenida.  Llegaba un forastero aquí,  y uno todo prevenido.   Iban por uno,  lo iban a sacar o le iban a tomar información.  La gente vivía muy prevenida.

 

Hoy en día ha cambiado.   En la noche hay cuatro tabernas,  en el solo Pinar.   Y viene gente de otros lugares.   Hay billares.   La gente juega muchas cartas,  juega dominó.   La situación no es tan normal,  pero tampoco tienen grandes diferencia.

 

Lo que sí carecemos mucho son los espacios recreativos.   No tenemos un parque infantil,  ni una placa deportiva para los jóvenes.   Tenemos un barrizal ahí,  en donde escasamente hacemos deporte.

 

Es lo que yo le decía ahora.  Es la falta de oportunidades que hace que no sea tan normal como en otras partes.

 

Yo tengo la esperanza en el nuevo alcalde que nos ponga cuidado.  Que nos mire ya como hijos de Bello y que nos brinden la mano,  legalizando e invirtiéndole a estos terrenos.   Esa es la esperanza de la comunidad.

 

Jairo:  ¿Normalmente dónde trabaja la persona desplazada?.

 

Don Miguel:  Aunque ha venido disminuyendo la discriminación hacia los desplazados,  la gente se contrata casi sólo en el ramo de la construcción.   Es un ramo que más genera empleo.  Y en el servicio doméstico.   Es que en el barrio no hay casi profesionales.   Sólo conozco a un topógrafo.   Son muy contaditos los profesionales.

 

Antes de terminar,  don Miguel nos regala su última reflexión.

 

Nosotros llegamos a la ciudad y la ciudad nos absorbió.   Eso mismo le pasa a mucha gente.   A la mayoría le pasa.   A un gran porcentaje,  un 80%,  sin exagerar.   De gente que viene del campo a la ciudad y no regresa.   Se amañan en la ciudad,  así sea con una vida muy miserable.   Pero la gente no quiere volverse al campo.

 

Falta de garantías,  de trabajo,  falta de estudio.   Hay muchos factores para que un campesino no se quiera volver de la ciudad.   La ciudad lo absorbe a uno.   Para uno es muy triste llegar de vivir en la ciudad, con luz eléctrica,  con televisión,  para después irse uno al campo donde no hay ni luz,  ni carreteras.

 

Antes se llamaba los desterrados.   No desplazados como hoy en día.   Ni había entidades que protegieran al desterrado como hoy en día.   La Red de Solidaridad,  Acción Social y muchas fundaciones,  Ong’s que abogan por los derechos humanos.

 

Antes,  alguien llegó desterrado y allá se quedó desterrado.

 

Yo pienso que los gobernantes y la oligarquía se han valido del pueblo,  de la gente pobre.   Esa guerra bipartidista que hubo en estos años,  no nació de por sí sola.   Fueron los cuadillos,  los dirigentes que fomentaron ese odio.   Ese odio lo ha fomentado la clase dirigente,  y es ese el mismo odio de ahora.

 

Jairo:  Muchas gracias don Miguel por su tiempo para contarnos esta historia.

 

V. A MANERA DE EPÍLOGO

 

Así como don Miguel,  cada uno de los habitantes de San José del Pinar y los demás asentamientos de la Vereda Granizal,  tiene su historia.   Tienen para contar cómo llegaron a El Pinar,  de cuáles miedos llegó huyendo.   Cómo empezó a hacer su nueva vida.

 

Doña Julia cuenta,  por ejemplo,  que vino a El Pinar por miedo.   Que la habían atracado en El Centro,  que ese mismo día no tenía nada para comer ni para pagar arriendo,  que a una de sus niñas la habían violado mientras vendía empanadas en el Barrio,  que donde ella vivía los milicianos se le habían metido a su casa a punta de disparos para amenazarla,  que su hijo se estaba juntando con amigos implicados en drogas.   Cuenta,  por ejemplo,  cómo salió entonces de la casa donde vivía,  aburrida,  una tarde con sus hijos sin saber dónde dormiría esa noche,  cuando se encontró con una invasión que le dio la esperanza de un nueva vida.   Cuenta, por ejemplo,  que recibió un lote de tierra removida,  sin luz,  ni agua,  ni sanitario; y cuenta cómo fue levantando feliz tabla a tabla su rancho.   Nos cuenta cómo se enfrentó después a otras historias de terror en las que casi matan a su hijo,  en las que tuvo que sacar a su hija huyendo en medio de una balacera porque la buscaban para matarla.   Nuevos miedos,  aunque ya en un rincón propio.

 

Lady Tatiana [4],  por ejemplo,  una niña de 10 años,  nos podría contar cómo recibió nueve puñaladas el mismo día en que violaron y asesinaron a su hermana y mataron a su abuelo por defenderla.   O la señora anónima que relata cómo reventaron sus dientes a patadas mientras a su esposo le amputaban las manos poco antes de salir huyendo,  casi sin fin,  del Caquetá.

 

Y así,  cada uno de los habitantes de San José del Pinar tiene su historia para contar.   Historias que oscilan todas entre el miedo,  mucho miedo,  y la esperanza,  mucha esperanza.

 

 

 

JAIRO ADOLFO CASTRILLÓN ROLDÁN

Bello,  15 de Noviembre de 2007.

 

Agradecimientos:

 

·         Señor Miguel Rodríguez,  líder comunitario.

·         Padre Alonso Orozco,  Sacerdote parroquia Nuestra Señora del Pinar.

·         Señora Carmen Toro,  ama de casa,  vecina de El Pinar.

·         Grupo de la Tercera Edad Luz y Fe, de El Pinar.

·         Grupo de Investigación PINAR (Pedagogía e Investigación Artística) de la Facultad de Educación de la Universidad de San Buenaventura,  compañeros de esta búsqueda.

·         Comunidad del caserío San José del Pinar.

 

A la Corporación Semiósfera que me ha posibilitado con su proyecto Horizontes el acceso permanente a la población de la vereda Granizal.

 

Fotografías:  Jairo Adolfo Castrillón Roldán.   Archivo Corporación Semiósfera.

  


[1] Muchos de los nombres de las personas implicadas en este reportaje han sido omitidos o cambiados para proteger su identidad.

 

[2] Este reportaje es fruto de varias entrevistas al señor Miguel Rodríguez Serrano realizadas en el mes de Octubre de 2007,  por Jairo Adolfo Castrillón Roldán,  Director Académico de la Corporación Semiósfera,  complementadas con entrevistas a otras personas y datos de confirmación recogidos durante todo el proceso.

[3] Por “logística”,  don Miguel se refiere al tema de infraestructura física.

[4] Muchos de los nombres de esta historia han sido cambiados para proteger sus identidades.

 

 

Puede bajar la historia de EL Pinar  (sin fotografías) en formato Word,  haciendo click

 

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Panorámica de El Pinar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Don Miguel Rodríguez y Jairo Castrillón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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