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OTTO RODRÍGEZ

 

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EN ESTA CIUDAD EXISTIÓ UN HOMBRE.

 

Cuando todo lo de ahora haya pasado,  cuando las calles de nuestra ciudad sean otras.   Cuando hace ya mucho tiempo los que estamos aquí no estemos,  es justo que se sepa que en Bello existió un hombre al que todos llamaban Otto.

 

Una persona normal.   Delgado y alto,  de piel clara,  cabellos casi siempre largos y despeinados,  de ojos pequeños y una nariz inmensa.

 

Era un ser tan normal que se llamó John Jairo.   Tan normal que en Bello,  tuvo muchos hermanos y su papá era un obrero.   Tan normal como que,  siendo de Bello,  fue un artista.

 

Un hombre que anduvo 42 años por estas calles suyas de esta ciudad suya.   Subiendo y bajando las laderas de estas montañas suyas,  en este planeta suyo.

 

Pero es justo que se sepa también que su mirada siempre parecía estar mirando algo más allá de lo que sus ojos le mostraban,  y que caminaba con la despreocupación y desfachatez de quien lo que anda buscando no se encuentra en este mundo.

 

Era un hombre con todas las virtudes y todos los defectos de los hombres,  conviviendo en su mismo cuerpo al mismo tiempo.   Era viento y tormenta.   Hierba y oropel.   Camino y laberinto.   Lago y borrasca,  flor y cardo.  Pero con un amor tan inmenso que nunca,  de ninguna forma,  le dio espacio a la maldad.

 

Es bueno que se sepa que fue un ciudadano.   De aquellos que aprenden la valentía de saberse responsables de sí,  solos ante el mundo,  de los que han aprendido a ser al mismo tiempo combustible y mecha,  viento y cometa,  lluvia y paraguas.   

 

 

Y fue además un ciudadano de aquellos a quienes ya el planeta les queda chico y para a quienes cinco,  veinte,  o mil años,  nunca les serán suficientes para dar todo lo que tienen y desean.   Ciudadanos del Cosmos,  creo que les dicen.

 

Es bueno que se sepa que siempre andaba pensando.   Siempre andaba indagando.   Siempre andaba explorando.   Siempre con un proyecto en su cabeza,  en su corazón,  en su tuétano,  en su linfa,  en sus vísceras.   Intenso,  obsesivo,  obstinado.

 

Otto fue un ser humano con vocación de ángel.   Pero no de esos ángeles buenos y puros que tañen su afinada lira en una nube,  sino de aquellos que saben perderse en el fango mientras sonríen,  que se consumen en el fuego y que vuelven invictos al aire con sus plumas cada vez más blancas.

 

Su diccionario repetía día a día sin descanso las palabras Cultura,  Libertad,  riesgo,  entrega,  obstinación,  niños,  arte,  ciudad,  ciencia,  conciencia,  trascendencia, meditación.   Cerro del Ángel.   Amor.

 

Fue uno de esos hombre que el poeta llamó imprescindibles.   Que pasó toda su vida pensando cómo hacer que las cosas fueran mejores para todos,  con la terquedad de aquellos idealistas que prometieron llenar al mundo de flores y besos en un año,  una década,  un siglo o un eón,  daba lo mismo.

 

Finalmente,  es importante decir que a Otto lo sembramos un sábado soleado en la mañana.

 

Escribo esto  (y lo escribo con el corazón sobre el teclado),  porque es justo que se sepa,  cuando los que hoy estamos ya no estemos,  que en Bello existió un hombre así.

 

 

 

 

JAIRO ADOLFO

16 de febrero de 2003

 

 

 

 

Andrés Bello

 

 

Movimiento Cultural de Bello

 

 

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John Jairo "Otto" Rodríguez

 

 

 

 

 

 

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